Bajo el barniz de una «visita histórica», Donald Trump ha partido este martes desde Washington con destino a China, en un nuevo capítulo de su particular forma de entender la diplomacia. Del 13 al 15 de mayo, el mandatario estadounidense buscará imponer su narrativa en el gigante asiático, aunque el verdadero peso del viaje no parece recaer en sus asesores políticos, sino en su exclusivo séquito de magnates.

​Más que una delegación gubernamental, el vuelo parece una reunión de accionistas de alto nivel. Trump viaja escoltado por los rostros más visibles del capitalismo global, lo que desata críticas sobre si los intereses nacionales están siendo canjeados por favores corporativos.

Los «invitados de honor» en la sombra:

  • Elon Musk (Tesla): El magnate que navega entre subsidios y promesas espaciales, cuya presencia sugiere que la política energética de EE. UU. se escribe en clave de negocios privados.
  • Tim Cook (Apple Inc.): El guardián de la manzana, siempre dispuesto a suavizar tensiones con Beijing para proteger sus líneas de producción y su margen de beneficio.
  • Kelly Ortberg (Boeing): El líder de un gigante aeronáutico en busca de oxígeno contractual, utilizando la plataforma presidencial para cerrar tratos que la diplomacia tradicional no ha logrado.

​Esta expedición de tres días pone de manifiesto, una vez más, la desdibujada línea entre la Oficina Oval y las juntas directivas de Silicon Valley. Mientras la Casa Blanca vende el evento como un hito de Estado, el resto del mundo se pregunta si Trump viaja para defender los derechos de sus ciudadanos o para actuar como el relacionista público de lujo de sus aliados más acaudalados.

​El espectáculo está servido, y como es costumbre en su gestión, el «picante» diplomático está garantizado mientras los intereses de las grandes corporaciones viajan en primera clase.

360/AP/DRR