La piel no solo cumple la función de protegernos del entorno; también refleja lo que ocurre dentro del organismo. Especialistas en nutrición y dermatología alertan que el consumo excesivo de azúcar activa procesos como la inflamación crónica y la glicación, dejando marcas visibles en el rostro mucho antes de que aparezcan otras señales de desequilibrio en la salud.

En su libro Rejuvenece comiendo, la farmacéutica y nutricionista María José Cachafeiro explica que la piel funciona como un indicador directo del estado interno del cuerpo. «Lo que vemos por fuera es el reflejo de lo que está ocurriendo en el interior», afirma la especialista, subrayando la conexión entre alimentación y apariencia.

Los enemigos silenciosos de la juventud cutánea

Cachafeiro señala dos mecanismos biológicos que se aceleran cuando la dieta no es equilibrada y que influyen directamente en el aspecto del rostro.

La glicación: ocurre cuando el exceso de azúcar en sangre se adhiere a proteínas como el colágeno y la elastina, además de a las grasas. Este proceso vuelve más rígidas estas estructuras, reduce su elasticidad y acelera el deterioro celular.

La inflamación crónica: mantiene al organismo en un estado de alerta constante. Como consecuencia, la piel pierde luminosidad y se favorece la aparición prematura de arrugas, flacidez y manchas.

La alimentación como aliada

Aunque el envejecimiento forma parte natural de la vida, la experta sostiene que su velocidad puede regularse. Una combinación equilibrada de buena alimentación, descanso adecuado y actividad física contribuye a mantener una piel metabólicamente más sana.

«Al final, todo lo que comemos va a llegar a nutrir las células de nuestro cuerpo y, entre ellas, las de nuestra piel», recalca Cachafeiro, recordando que cada elección en el plato también se refleja frente al espejo.

360°/AR/DRR