Un insumo tan elemental como el suero salino se ha convertido en símbolo de las distorsiones del sistema de salud estadounidense. Lo que no es más que agua con sal, indispensable en cualquier hospital, cuesta producirlo menos de un dólar, incluso menos que una lata de refresco. Sin embargo, cuando llega a la factura del paciente, su precio puede dispararse hasta cifras que rozan lo absurdo: más de 700 dólares por una sola bolsa.

Esta práctica quedó al descubierto tras una investigación de la periodista Nina Bernstein, quien documentó el caso de una mujer a la que le cobraron casi 800 dólares por este insumo básico. El monto no responde a una tecnología sofisticada ni a un tratamiento complejo, sino a una cadena de sobreprecios que se va inflando entre distribuidores, aseguradoras y centros de salud.

Los hospitales suelen justificar estos cobros señalando a los intermediarios o alegando gastos operativos internos. No obstante, la falta de claridad sobre cómo se fijan los precios deja en evidencia un sistema opaco, donde nadie asume responsabilidades y el paciente queda atrapado en medio de excusas cruzadas y facturas impagables.

Mientras en muchos países el acceso a la salud se concibe como un derecho y los insumos básicos tienen costos regulados, en Estados Unidos un simple suero puede transformarse en un lujo injustificable. El resultado es un negocio que genera ganancias millonarias para unos pocos, a costa de la angustia y el bolsillo de quienes acuden a un hospital buscando alivio, no endeudarse.

360°/AR/OBP