No se derrota a un adversario que no se entiende. Esta es la premisa que hoy sacude el tablero político regional, ya que durante años, el error clásico ha sido despachar el crecimiento de la derecha como un simple producto de la ignorancia o la manipulación; una explicación que, aunque tranquiliza a algunos, no explica nada. La realidad es que la derecha no creció sola: lo hizo donde otros dejaron de hablarle a la gente como adultos.

El poder del relato frente al frío lenguaje técnico

    La derecha entendió una regla básica de la psicología social: la gente no vota programas, vota relatos que le devuelven sentido. El análisis de Le Monde Diplomatique sobre el fenómeno neofascista en países como Argentina, Brasil o El Salvador sugiere que la política no entra primero por la razón. Además, autoras como Judith Butler y Chantal Mouffe coinciden en que la política entra por la identidad, el afecto, la percepción de amenaza y el reconocimiento, por lo que el fallo de las fuerzas tradicionales no fue emocionalizar el discurso, sino creer que la política podía funcionar sin emociones.

    Mientras gran parte del progresismo se refugiaba en el lenguaje técnico, la gestión y el moralismo, abandonó el conflicto material dado a que la política no tolera el vacío: si no se ofrece una visión de futuro, alguien más ofrecerá miedo con una dirección clara. En este escenario, mientras unos hablaban de eficiencia, otros capitalizaron conceptos de protección, orden y pertenencia.

Miedos reales y raíces propias

    La extrema derecha en América Latina no es una simple copia importada de Europa, se trata de una forma única que se mezcla con la religión, el punitivismo, la antipolítica y el resentimiento. Su discurso resuena con fuerza porque responde a «miedos reales»: la inseguridad, la pérdida de estatus, el desorden y la sensación de abandono. Al final, no se construye hegemonía desde la superioridad moral; se construye entendiendo que el electorado busca, ante todo, un relato que le devuelva el sentido de control sobre su propia vida.

 

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Fuente: Medios Digitales

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