En una reciente entrevista concedida al Financial Times, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, generó una nueva ola de conmoción global al declarar abiertamente su interés en tomar el control de los recursos energéticos de Irán. El mandatario afirmó que su objetivo principal es «quedarse con el petróleo» de la nación persa, calificando de «estúpidos» a quienes cuestionan las motivaciones económicas detrás de su estrategia militar.
Durante su intervención, Trump puso como referencia el escenario en Venezuela, donde Washington busca el control «indefinido» del crudo tras la operación militar ejecutada a principios de enero para capturar al presidente Nicolás Maduro. Al ser consultado sobre una posible incursión en la isla de Jarg, punto neurálgico para las exportaciones petroleras iraníes, el mandatario no descartó la ocupación: «Tal vez tomemos la isla de Jarg, tal vez no. Tenemos muchas opciones», admitiendo que una operación de este tipo requeriría una presencia prolongada en el territorio.
Preparativos para una incursión terrestre
Este giro retórico coincide con informes publicados por The Washington Post, donde funcionarios del Pentágono confirman que se están ultimando los preparativos para una incursión terrestre en Irán que podría durar semanas. Esta nueva fase de la guerra es descrita por analistas de defensa como potencialmente más peligrosa para las tropas estadounidenses que las operaciones iniciales en Oriente Medio.
Despliegue militar masivo
La logística de invasión ya muestra avances significativos en el terreno:
Llegada del USS Tripoli: El buque de asalto anfibio (LHA 7) ya se encuentra en el área de responsabilidad del Comando Central (CENTCOM), liderando un grupo de ataque con 3,500 marineros y marines, además de cazas de ataque y aeronaves de transporte.
Refuerzos de tropa: El Pentágono sopesa el envío de hasta 10,000 soldados adicionales, que se sumarían al contingente de 50,000 efectivos ya desplegados en la región.
El reconocimiento explícito de Trump sobre la captura de recursos naturales como objetivo militar marca un precedente histórico en la política exterior de EE. UU., elevando al máximo la tensión en el Golfo Pérsico y planteando un escenario de guerra energética con consecuencias impredecibles para la economía global.
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