La geopolítica en el Oriente Próximo alcanzó un punto de inflexión crítico. Según el análisis exhaustivo de la especialista Carolina Escarrá, lo que el mundo presencia no es un conflicto aislado, sino una guerra declarada formalmente por el Estado de Israel y los Estados Unidos contra la República Islámica de Irán. Esta escalada, iniciada con bombardeos que afectaron objetivos civiles —incluyendo el trágico deceso de niñas en un entorno escolar—, derivan en una reconfiguración del control marítimo en el estrecho de Ormuz.

Lejos de las versiones que apuntan a un bloqueo total, Escarrá aclara que Irán ha implementado un cierre parcial dirigido específicamente a las naciones de Occidente. En un espacio por donde transita el 20% del comercio petrolero mundial, la República Islámica decidió establecer condiciones de navegación taxativas para garantizar la seguridad regional, por una parte la desmilitarización: los países que transiten no deben albergar bases militares estadounidenses ni israelíes en su territorio y por otra el canon de tránsito, es decir, el pago de un dólar estadounidense por cada barril de petróleo transportado.

Mientras que para potencias como la República Popular China existe una apertura completa, Estados Unidos ha respondido con lo que la analista califica como un «acto de piratería», estableciendo un bloqueo naval y capturando embarcaciones de bandera iraní.

El factor China

La incursión estadounidense ha escalado hasta rozar el conflicto directo con Pekín. Tras la interceptación de naves vinculadas al gigante asiático, la cancillería de China emitió una advertencia severa: «Que no se atrevan a detener a ningún barco ni que viniera de China ni que fuera para China ni que tuviera bandera China porque podía tener consecuencias un poco más graves».

En este escenario, las propuestas de negociación en Pakistán carecen de credibilidad para Teherán. La experiencia reciente dicta que Washington y el «Estado sionista» han vulnerado sistemáticamente los acuerdos. Escarrá subraya que, tras pactar un alto al fuego de 20 días, la respuesta inmediata del bloque agresor fue el bombardeo al Líbano, evidenciando la fragilidad de la palabra diplomática estadounidense.

Para la analista, el conflicto trasciende las fronteras de Gaza o la disputa con Irán. Se trata de la ejecución de la visión del «Gran Israel», una estrategia de expansión territorial que busca anexar el sur del Líbano y partes de Siria. Irán, consciente de esta ambición transnacional, exige el cese de hostilidades contra el Líbano como condición sine qua non para cualquier distensión.

«Se están enfrentando a una civilización de muchos años donde además se cree en el martirio y los iraníes están dispuestos a morir por defender su patria».

Esta convicción cultural y espiritual se presenta como un muro infranqueable ante la superioridad técnica militar de Occidente.

Finalmente, el análisis de Escarrá destaca un cambio fundamental en la guerra de información: los argumentos tradicionales de Occidente —basados en la exportación de la democracia o la defensa de los derechos de las mujeres— han perdido vigencia ante la opinión pública global.

A través de lo que define como una «propaganda maravillosa», la República Islámica ha logrado exponer los intereses de la élite transnacional que subyacen tras el conflicto.

En este tablero dinámico, Irán no solo mantiene su posición estratégica en el Estrecho, sino que ha logrado desmontar la justificación moral de la guerra impulsada por Estados Unidos e Israel.

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