Las tensiones diplomáticas entre Bogotá y Washington han alcanzado su punto más crítico tras las recientes declaraciones del presidente Gustavo Petro, quien denunció formalmente una intromisión directa de Estados Unidos en el proceso electoral colombiano. El detonante de este pronunciamiento fue el respaldo público ofrecido por el mandatario estadounidense, Donald Trump, a la candidatura presidencial del abogado de derecha Abelardo De La Espriella, un movimiento que la administración de izquierda interpreta como un intento explícito por torcer el destino político de la nación.

El choque entre ideología y narcotráfico

​En declaraciones ofrecidas a la cadena internacional CBS News, Petro criticó que la Casa Blanca subordine la cooperación judicial y la seguridad regional a criterios netamente ideológicos. Según el jefe de Estado, a pesar de que Colombia ejecuta actualmente la estrategia antinarcóticos más contundente de su historia reciente, Washington ha decidido dar la espalda a su aliado estratégico en la lucha contra los carteles para coordinar esfuerzos con sectores locales cuestionados por la justicia.

​El mandatario vinculó las presiones que sufre su gobierno con su postura en la política exterior global, sugiriendo una represalia financiera por sus posiciones críticas en el ámbito internacional, particularmente respecto al conflicto en Gaza. En sus palabras, existe un flujo de recursos externos —mencionando al primer ministro israelí Benjamín Netanyahu y al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández— articulado con el único fin de hacer colapsar el proyecto progresista en Colombia.

 

La disputa por el relato: Redes sociales y el modelo de paz

​El debate también se ha trasladado al control de la opinión pública. Al ser interpelado sobre el deterioro de la seguridad interna, Petro defendió su modelo de «Paz Total» y aseguró que las críticas obedecen a una campaña transnacional de manipulación informativa en redes sociales. De acuerdo con su análisis, las plataformas digitales son utilizadas por opositores para amplificar una percepción de ingobernabilidad, impulsada por sectores que aún defienden una doctrina de seguridad basada en el conteo de bajas y que insisten en la lógica de la confrontación militar como único método de control social.

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