La tensión en el conflicto en el Golfo Pérsico ha alcanzado un punto crítico tras el ataque coordinado contra dos buques petroleros frente a las costas de Irak, cerca de la frontera con Kuwait. Las naves, presuntamente de origen estadounidense y australiano, fueron alcanzadas al sur de Basora por embarcaciones con trampas explosivas, provocando incendios masivos y dejando un saldo trágico de varios heridos y al menos un fallecido.
Investigaciones preliminares de seguridad iraquí apuntan a la autoría de fuerzas iraníes, mientras el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán (CGRI) extendía su ofensiva hacia zonas industriales en Emiratos Árabes Unidos y la base aérea de EE. UU. en Kuwait.
En el plano diplomático, las posturas de los líderes involucrados reflejan una brecha casi insalvable que agrava la inestabilidad del mercado petrolero global. El presidente de Irán, Masoud Pezeshkian, condicionó el cese de las hostilidades al reconocimiento de los derechos legítimos de su nación, el pago de reparaciones de guerra y garantías internacionales contra futuras agresiones. Pezeshkian calificó estas medidas como la única vía para detener la violencia que, según su administración, ha sido provocada por el «régimen sionista» y Washington en un contexto de máxima fricción regional.
Por su parte, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, mostró una postura de dominio absoluto al asegurar que el conflicto terminará «pronto» debido al éxito de las operaciones militares estadounidenses. En una entrevista reciente, Trump afirmó que los daños causados a la infraestructura iraní han superado las expectativas y que la guerra avanza por delante del calendario previsto, llegando a declarar que «prácticamente no queda nada que atacar». Esta retórica de fuerza, sumada a los ataques a activos energéticos estratégicos, mantiene al mundo en alerta ante una posible interrupción masiva del suministro de crudo.
Fuente: Medios Internacionales
360°/DRR



