Las calles de Caracas volvieron a ser el escenario de una de las expresiones más vibrantes del arraigo cultural venezolano: la Quema de Judas. Bajo un sol de justicia y en un ambiente cargado de alegría, las parroquias Santa Rosalía y El Valle se convirtieron en el epicentro de una tradición que, más allá del rito religioso, se consolida como una poderosa herramienta de sátira social y cohesión comunitaria.

El Cementerio: Generaciones unidas contra «El indiferente»

En la avenida Los Cármenes de El Cementerio, la jornada fue un despliegue de tradición viva. Coordinada por la Asociación Civil Judas del Cementerio, la celebración comenzó con el eco de las risas de niños y jóvenes que participaron en clásicos juegos de pelotica de goma y el siempre desafiante palo ensebado. Carlos Loaiza, vocero de la organización, enfatizó que esta actividad —respaldada por la Alcaldía de Caracas y el Gobierno del Distrito Capital— busca fortalecer los valores ciudadanos.

Este año, el muñeco fue bautizado como «El indiferente», una personificación de la apatía frente a los antivalores. «No hay que ser indiferente; se debe actuar con dignidad, disciplina, honradez y justicia», sentenció Loaiza durante la lectura del testamento. Esta costumbre, que inició Blas Loaiza en 1942 y que hoy es Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Nación, ha sido custodiada por cuatro generaciones de la familia Loaiza, manteniendo viva la llama de la identidad local.

El Valle: Explosión de crítica y consignas políticas

Mientras tanto, en la Plaza Bolívar de El Valle, el ambiente se tornaba más combativo al caer la tarde. El Judas de esta localidad presentó un diseño peculiar: tres caras que representaban a diversos líderes estadounidenses, señalados por intervenciones históricas en naciones como Irak, Panamá e Irán. Al estallar los petardos ocultos bajo la tela y el aserrín, la comunidad simbolizó el castigo al traidor, en una metáfora del rechazo a la injerencia extranjera.

El evento también sirvió como plataforma de protesta social. Entre el humo y el estruendo de los fuegos artificiales, los asistentes alzaron consignas para exigir el retorno de la pareja presidencial, tras los hechos ocurridos el pasado 3 de enero, integrando la coyuntura política actual en el corazón de la festividad.

Una sátira que sobrevive al tiempo

La quema de Judas en Venezuela es mucho más que un acto pirotécnico; es un juicio público en el que el pueblo toma la palabra. Elaborados con ropa vieja y rellenos de pólvora, estos muñecos representan a quienes han causado perjuicio a la colectividad. A través de la lectura del «testamento», la comunidad descarga su descontento con humor y agudeza, transformando al traidor bíblico en un espejo de las problemáticas contemporáneas.

Con el cierre de esta jornada en 2026, Caracas demuestra una vez más que sus tradiciones no son estáticas. Entre el fuego y el testamento, la Quema de Judas sigue siendo el termómetro social de una ciudad que se niega a callar y que encuentra en su cultura el refugio perfecto para la justicia popular.

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