Los investigadores Jon Roozenbeek y Sander van der Linden han identificado las estrategias sistemáticas que sectores de la ultraderecha emplean para manipular la narrativa social.
Estas tácticas operan bajo un instructivo insistente y efectivo que no busca convencer mediante la razón, sino desgastar la capacidad crítica del ciudadano a través del agotamiento emocional, con el objetivo final de lograr que las personas dejen de distinguir entre los hechos reales y las narrativas fabricadas, por lo que conocer estos pasos es una medida necesaria de autoprotección.
El primer paso de este método consiste en imitar la credibilidad institucional mediante la creación de páginas y cuentas que aparentan ser medios de comunicación legítimos. Al copiar logos, titulares y el formato de «última hora», buscan que el público confíe en el envoltorio para colar mensajes sin resistencia.
A esto se suma el uso de las emociones por encima de las ideas; se prioriza alarmar e indignar para desconectar el filtro crítico, viralizando mensajes que se sienten urgentes aunque no sean ciertos. La estrategia continúa con la fabricación de enemigos específicos para canalizar el miedo y la frustración, señalando a grupos como migrantes, periodistas o estudiantes como culpables inmediatos de problemas complejos.
Para consolidar este efecto, se aplica la confusión estratégica, buscando que el ciudadano dude de absolutamente todo. De esta manera, cuando nada parece confiable y la verdad es incierta, el que grita más fuerte termina ganando. Finalmente, el manual se apoya en la repetición constante de bulos (anécdotas, variaciones de mensajes) para que la familiaridad con un mensaje termine confundiéndose con veracidad.
Una vez sembrado el caos y la desconfianza, estos sectores se presentan como los únicos «salvadores» de la crisis que ellos mismos fabricaron. Bajo el discurso de ser los únicos defensores de la patria, intentan imponer un orden basado en la polarización y el miedo.
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Fuente: Medios Digitales
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