T/Freddy Ñáñez
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Buena parte de la semana me dediqué, sin éxito, a buscar el tema para la columna dominical. Entre más vueltas le daba al asunto más parecían alejarse las buenas ideas. Sólo tenía claro una cosa: la forma de aquel esquivo contenido debía ser la de un poema. Y lo escribí con relativa solvencia y tantas veces como me lo permitió la suerte de hallar las imágenes, y según lo demandaba el oído, que con los años se hace más exigente. ¿Estamos diciendo acaso que se puede escribir un poema sobre ningún asunto en particular? ¿La poesía es el arte del no decir? La teoría y la práctica han demostrado que un poema crea su tema conforme se va creando a sí mismo y así se presenta ante el lenguaje: como una armonía entre fondo y forma. Tal es la extraña naturaleza de esta expresión de los afectos en la que valen tanto las palabras como el silencio. En cualquier caso la poesía, en esto parece tener razón Unamuno, “no tiene preceptos”. Lo cual no quiere decir que el poema sea ajeno a lo real, y en esta categoría de lo real incluimos por supuesto al pensamiento como su legítimo custodio. Mucho menos que sea un accesorio. Todo lo contrario: la poesía nace como necesidad y así se impone. En esto es obstinadamente humana pues su realización es existencial porque está anclada al sentimiento de la vida. Y la razón por la cual no estamos leyendo el poema que alcanzamos a insinuar, con sus atributos mistéricos, tiene relación con un prejuicio más bien moderno que despoja al poema de su legitimidad pública por considerarlo oscuro, carente de información, problemático, en exceso subjetivo y rotundamente incomprensible. En una palabra: inútil. De este estigma de inutilidad somos tan responsables los poetas como quienes adversan —vaya a usted a saber el porqué— la existencia práctica de la poesía. Baudelaire, Wilde, Nicanor Parra, Celaya, Paz, Borges —unos con su crítica al instrumentalismo, y otros al mercado y su materialismo reduccionista— dejaron algunos cabos sueltos en esta cuestión. No me propongo corregir a los maestros, pero me veo en la necesidad de aclarar que no me cuento entre quienes devalúan hoy la función y la pertinencia del poeta y del poema. Ni tampoco entre quienes le dan el estatuto de lo puramente ornamental. Sin embargo, al menos por esta vez, me venció el pudor. Por todo lo expuesto el lector de prensa no está habituado a encontrarse a solas, de buenas a primeras, con semejante artefacto semántico que además de presentarse inacabado le traslada al receptor la responsabilidad de culminarle y dotarle de un sentido propio. Sea por pudor o falta de coraje decidí que lo mejor era reservarlo. Y no porque crea que el lector sea indigno de la sensibilidad y el rigor demandados: detenerse entre tanto ruido a escuchar sólo al poema, a trabajarlo en su interior. Creo que todos estamos hechos de ese material subliminal y en ese sentido corremos por igual el riesgo de devenir poetas. Pero no es menos cierto que hemos forjado un régimen de lectura con sesgos y condicionamientos favorables al mensaje directo y llano, efímero y desechable. Para satisfacer tales expectativas, si así podemos llamarlas, la poesía es en efecto inútil y añadiremos, inconveniente.
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Irónicamente nada es más cercano al sentido común y al gusto general que aquello que la poesía sí puede ofrecer. A fin de cuentas ella se escribe sobre la falsilla de los sentimientos —vulgares y elevados— que, por muchos matices que le demos en nuestras vidas privadas, a la larga se resumen en universales como: conocer el amor, superar el dolor y vencer a la muerte. Tres hechos morales y estéticos con los que tenemos que vernos las caras diariamente y disputarnos a toda hora un lugar. Ese lugar probablemente sólo podemos hallarlo en el campo de la memoria inquieta, en la razón sensible: aquellas que mantienen los afectos y las posibilidades de ser eternos, a salvo del tiempo y del olvido. Quien ha leído un poema alguna vez lo ha leído para siempre. Pero, ¿qué es la poesía y por qué decimos que hace parte de nuestra existencia? Por contingente y errática que sea nuestra respuesta no podemos decir otra cosa que esto: la poesía es la explicación de lo que no se comprende. ¿Comprendemos la vida? ¿Podemos definir su origen? No, y sin embargo vivimos y tenemos la responsabilidad y el placer de dotarla de un sentido. La historia, la ciencia, la filosofía y la religión, y en un menor grado la política, han zurcido los agujeros de sus rigurosos discursos con analogías míticas e imágenes puramente bellas. Vivimos, de hecho, en el reino de la metáfora y únicamente por esta cualidad sobrellevamos el sino de una curiosa supervivencia: nacemos sin recuerdos, vivimos ignorando todo salvo una cosa: moriremos. Esta finitud nos niega por cierto la certeza de un cuándo, pero tal vez sea la causante de nuestra necesidad de interrogarnos, de pensarnos, de sospechar de la propia iniquidad de la muerte. Nace el pensamiento pero nace como poesía, es decir, en su capacidad de afirmación y de deleite: la más poderosa fuerza que tenemos.
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El filósofo alemán Hans Blumenberg en su libro Salidas de Caverna, ofrece un panorama crítico en torno a la famosa alegoría de Platón expresada en el libro VII de República (aquella inviable ciudad de la que se desterró toda imitación poética). En este extenso ensayo, HB pondera, entre otras cosas, la función que cumplió la poesía, así como el relevante papel que pudo haber tenido el poeta (acá decimos por igual el artista o el narrador) en el desarrollo de las sociedades paleolíticas. El mito, el cuento, las representaciones y el canto, junto a la magia y los rituales derivados, eran bienes tangibles que no sólo se equiparaban a los del orden material sino que pasaron a darles un valor supra utilitario a aquellos. ¿Cómo explica nuestro autor este fenómeno social tan sofisticado para la estereotipada vida cavernaria? La caverna era un refugio seguro, apto para el descanso y el repliegue pero no para conseguir alimentos. De tal suerte que el mundo transcurre adentro pero la única manera de sostenerlo es proveyendo de víveres a la comunidad con salidas periódicas. Blumenberg refiere a las pinturas para explicar cómo y porqué aquellos menos ágiles y fuertes, en definitiva ineptos para la caza, conservaron su derecho a la vida y se afirmaron con potestades dentro de la comunidad. “Se habrán encargado de ello las madres, que podían interponerse ante los más débiles porque tenían consigo y criaban también a los más fuertes”, y a partir de esta inferencia, desarrolla Blumenberg, el mecanismo de compensación con el que se supera la selección natural. “Ellos no aseguraron la vida pero aprendieron a darle cuanto la hicieran digna de vivirse (…) la fantasía”. Los débiles, incapaces de dar bastimento, se las arreglaron para proveer de un alimento diferente y no menos importante: la ficción. Aprendieron a contar historias que no habían vivido, hazañas de cazadores, heroísmos que insuflaban de dignidad al riesgoso oficio de salir, y sentido a quienes permanecían dentro de la estrecha oscuridad. ¿Podemos acusarle de inútil a lo que hizo habitable la vida adentro y afuera de la caverna? Al mundo de adentro lo pobló de valores, satisfacciones, placeres, consuelos. Al de afuera, de nombres, perspectivas, significados. ¿No es esto el preámbulo de una escuela? Dichas figuraciones fueron parte de nuestra evolución y son indispensables para el progreso moral de la humanidad, al mismo nivel estatutario que el conocimiento y el trabajo. Y desde entonces, hagas lo que hagas, te vales de la poesía para conocer el más oculto de los conceptos: lo humano.
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La poesía es posibilidad ante el imposible, insatisfacción ante lo realizado. Sin ella nos estaría negado el acceso que hoy tenemos a zonas de la realidad y de nosotros mismos que estuvieron ocultas y reacias a nuestro entendimiento. ¿Qué función cumplió en la antigüedad la poesía? Repasemos someramente la historia de Occidente y lo que en particular se ha dicho, en este sentido, acerca de la Ilíada y la Odisea, para no hablar de las otras épicas pertenecientes al llamado Ciclo Troyano. Estos poemas cumplían, nada más y nada menos, que la función de un libro de textos, un manual de ciudadanía con los cuales todo joven se educaba en la memoria y el imaginario de su patria. Leer los cantos homéricos era ingresar a una lengua unificada por lo que tienen de estéticos y porque en ellos se sistematiza el paradigma de aquella sociedad. La poesía era la cultura, y la cultura regía la política y la guerra, el ocio y el placer, el sentimiento y el alma nacional de lo que hoy denominamos griego. Y al ser imperfecta, hemos dicho obstinadamente humana, en pleno ejercicio de su reinado fundacional suscitó la consciencia del más enconado de sus adversarios: la filosofía, quien terminaría desterrándola, en aras de buscar el conocimiento metódico sin los misterios ni las sinuosidades que en el inicio lo fueron todo. Sócrates fue el primer crítico literario y en la medida en que juzgaba los peligros del hechizo retórico terminó él mismo por hacer sus propios mitos, himnos y alegorías. A la postre, el logos salvó al mito por otras vías. Entonces algo hay de irreductible e indispensable en ella. Tal vez tenga mucho que ver con que el Yo, ese fantasma poético que se inventa Dante siete siglos antes de nosotros, para descender a los infiernos en busca del autoconocimiento; sea el antecedente del individuo moderno que siente la singularidad de su vida, cela sus intensidades, y la narra como se narra un hito de la historia universal. Y si lo pensamos con detenimiento, el perverso egoísmo de nuestro tiempo, padre de tanta necedad e infortunio, sería otro desde la conciencia poética. Entonces de inútil no tiene nada, tal vez nos estemos convirtiendo en mercaderes que sólo vemos utilidad en lo que se compra y se vende. Y quizá, gracias a encarar esta reducción tan grosera de nuestra percepción y entendimiento estemos encontrando un tema importante del cual escribir hoy.
Para mi maestro Gustavo Pereira.



